Diario de un Ancestral

Humberstone: Silencio, salitre y ruta

El rugido de nuestras máquinas se apagó al llegar a la entrada de la Oficina Salitrera de Humberstone en Iquique. Después de casi una semana rodando por el desierto más árido del mundo, este pueblo fantasma nos recibió con su silencio cargado de historia. Los hermanos de Nómadas Moto Club de Salta y nosotros, casi bautizados como “Motociclistas Ancestrales”, nos quedamos un momento contemplando el cartel que marcaba la cronología del que es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2005.

Nos bajamos de las motos con esa mezcla de cansancio y emoción que te hace sentir la ruta, y más cuando viajas acompañado. Por Chile viajamos Víctor, Arnaldo, Erick y yo; por Argentina, Eduardo “El Flaco”, Erick, Cristian, Hugo y Guille. Todos grandes compañeros de esta aventura épica que se acercaron al cartel informativo mientras más de alguno ajustaba la cámara. La foto era obligatoria: cinco motociclistas chilenos frente a un pedazo de historia chilena junto a hermanos argentinos unidos por la misma pasión. “Mira esto, Víctor”, le grité señalando el cartel. “Patrimonio de la Humanidad desde 2005”. Y así comenzaba a sentirse la emoción de estar pisando un lugar donde miles de familias vivieron y trabajaron, extrayendo el salitre que fertilizó al mundo.

Como suele pasar en estas travesías, no todo es paisaje y adrenalina. Quedaba un buen tramo hasta Arica y era mejor anticipar la carga de combustible, como fuese. Entramos a un pequeño poblado a medio día para comprarle a un inquilino del lugar. El calor no perdonaba y más adelante el viento tampoco. Pero ahí estábamos, ayudándonos en ese ritual solidario. Después de varios cientos de kilómetros y cada vez más cerca de Arica, decidimos descansar a un costado de la ruta. Algo de sombra encontramos frente a unas paredes verdes desteñidas. Victor se tiró al suelo como si fuera su casa. Erick revisaba el mapa, y yo me no deje pasar al registro fotográfico de ese momento y otros más desde que salimos de Concón, acompañando a ratos con la pregunta clásica: “¿Se dan cuenta dónde estamos?”. El silencio que seguía lo decía todo. Llegar a Humberstone nos llevó a pensar en lo que significaba para nosotros como hermandad sobre dos ruedas. De alguna manera, fuimos como esos trabajadores del salitre: aventureros que dejamos todo atrás por perseguir un sueño. Ellos buscaban el oro blanco; nosotros, un poco de libertad, nuevos territorios, caminos distintos y la adrenalina de lo desconocido.
Pero a diferencia de ellos, que se quedaron para siempre en el desierto, nosotros seguimos avanzando. Y cuando el sol empezó a caer sobre Arica, supimos que era momento de continuar. Llegamos finalmente a la playa, armamos nuestras carpas frente al sonido suave del oleaje y celebramos bajo el cielo costero del norte. Entre risas, historias y ese cansancio feliz que solo la ruta nos regala, cerramos el día. Al amanecer, después de la última fogata apagada y las motos listas, retomamos la travesía. El camino nos esperaba de nuevo.

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